miércoles, 15 de octubre de 2014

PATAGONIA INMENSA


Un volcán patagónico y un poeta dialogan en silencio. Pero el viento quizás escucha...

Hicimos esta travesía en dos partes y con un destino final, la ciudad de Ushuaia. Eso era todo lo que llevábamos escrito en nuestro cuaderno de viajes, manejar hasta llegar a Tierra del Fuego. Todo lo demás lo fuimos planificando en el momento o algunas horas antes.
 
PRIMER ETAPA:  LA PARVA, CHILE - BARILOCHE, ARGENTINA 

DIA 1

Las fechas nos fueron impuestas, teníamos compromisos antes, durante y después de nuestro viaje, así que nos adaptamos. Salimos un 30 de agosto.  

Nuestro punto de partida fue el pueblo de Farellones en las montañas nevadas de Santiago, a unos 2500 metros sobre el nivel del mar. Allí planificamos nuestra ruta para esa tarde de forma de poner un limite a las horas que manejaríamos al sur, y escogimos un lugar decente donde dormir, en vista de que el año pasado en un viaje similar, manejamos hasta que caímos dormidos frente a una estación de servicio en medio de la nada al norte de Mendoza. 
Lamentablemente cuando teníamos todo listo y el carro cargado nos recordaron la restricción del horario. “Autos solo en subida a la montaña” y por ello tendríamos que esperar un par de horas a que abrieran el camino en dirección a Santiago. 
Como consecuencia, una vez más, y como despedida oficial de lo que fue nuestro comedor, bar y cyber café oficial en los días que estuvimos en Farellones, almorzamos en El Montañés. Aunque no puedo negar que los pisco chilenos que nos servían nos encantaron,  fue su bife con papitas o la entraña, lo que nos atrajo cada día…bueno y también quizás la escasa oferta de lugares para comer. 


Total salimos en la tarde y con la carretera nevada, unos cuarenta kms hasta llegar a la ciudad por una carretera sinuosa que a veces marea. En Santiago nos movimos como pez en el agua. Hemos ido varias veces, así que llegamos a Las Condes, nos incorporamos a la Costanera Norte y en poco ya estábamos montados en la Carretera Panamericana, que también llaman Ruta 5, con rumbo a Victoria. La ciudad donde dormiríamos esa noche nos quedaba a unos 660 kms y sería el punto de cruce al este para seguir hacia Argentina la mañana siguiente.
Rancagua, Curicó, Talca, Chillán nombres familiares del viaje anterior que al igual que este hicimos en una camioneta Renault Kangoo que se portó impecable y que consumió poco del muy costoso combustible.  Hicimos una sola parada para reabastecernos  después de unas seis horas manejando y aprovechamos para comer; sabíamos que a la ciudad de Victoria llegaríamos tarde.


La cena no le hizo honor a la comida chilena aunque nos la vendieron como la mejor. Comimos una “plateada” que le gustó más al perro que buscaba nuestra atención desde afuera, que a nosotros, así que nos redondeamos el apetito con algunas chucherías y refrescos, y seguimos nuestro camino.
Todavía faltaban varias horas hasta llegar a Victoria, que mas que una ciudad parece un pueblo, pero con evidencias claras de buena planificación urbana colonial, con sus calles alrededor de la Plaza de Armas en el centro; y diagonal a esta, encontramos nuestro hotel por unas horas: Royal Victoria. No muy barato barato, pero si muy limpio y bien atendido y con excelente internet!! 

DIA 2

A las siete de la mañana en punto estábamos sentados desayunando. 
Hay algo extraño con los viajes por tierra…dan un apetito voraz. Siempre, siempre teníamos hambre. Detenernos a comer fue imperdonable. 
Arrancamos disfrutando de un día espectacular y pronto nos alejamos de la carretera panamericana para adentrarnos en la más estrecha Ruta CH-181 que nos va regalando un paisaje como pocos: los volcanes nevados de la región de la Araucania. Indescriptible las vistas! Los volcanes nos hacen evocar recuerdos de infancia. Aquellas fotos en los textos escolares donde aparecían montañas triangulares con los picos nevados.  
Los volcanes nos dan vueltas alrededor de la ruta. Lonquimay y Tolhuaca junto a bosques de  centenarias araucarias posan para nuestras cámaras. 







Después de pasar el Túnel Las Raices (el segundo más largo de Suramérica) y sin darnos cuenta estamos en el paso internacional Pino Hachado, primero de muchos encuentros con  autoridades fronterizas. Cruzamos sin mayor problemas, y estamos en Argentina.
Como veníamos relajados porque nos parecía que dominábamos 600 kms fácil, decidimos desviarnos en la ruta y hacer los lagos argentinos. 


Primero recorrimos parte de la estepa, esa gran extensión argentina de carreteras eternas, y nada alrededor salvo un viento que casi nos mueve el carro, fueron unos 250 kms al sur sin cansarnos, y siempre distraídos. En realidad parte de este trayecto lo pasé en el cómodo asiento de atrás y entregada a Morfeo. Nada despreciable tomando en cuenta que cuando despertaba veía el paisaje de arriba, el de un cielo azul con unas nubes distintas, nuevas para mi. Terminas por apreciar cada cosa que te llega a los ojos. De todas maneras al entrar en territorio lacustre, me incorporo para disfrutar este cambio de paisaje.
Ramon se conoce esta zona como la palma de su mano así que vamos felices de saber que a pesar de que alejamos nuestra llegada a Bariloche, llegaremos al destino en el momento justo.


A pesar de haber estado unas cinco veces antes en Bariloche, nunca nos habíamos aventurado al paseo de “los siete lagos”. Llegamos por Junin de los Andes recorriendo unos 100 kms por la Ruta 40 que va bordeando los lagos. Oficialmente son 7. Lácar, Machónico, Falkner, Villarino, Espejo, Correntoso y Escondido. Decidimos irnos deteniendo en cada uno de ellos y apreciarlos fuera del carro. Eso si, por la época, fue imposible meternos en el agua. 




Los lagos es algo que te deja sin palabras. Son cristalinos y cuando están tranquilos reflejan las montañas que los rodean con su vegetación llena de coihues. Es dificil escoger cual es el lago más lindo y difícil recordar los nombres y cada detalle, creo que la belleza del paisaje me nubló la inteligencia y así, fracasé en cada test que me hicieron para ver si recordaba detalles del camino. Decidimos parar en San Martin de los Andes, un pueblo pintoresco que me encanta. Es como para quedarnos y pasar el resto del día y noche ahí, pero sólo paramos para almorzar en Pizza Cala. Un buen descanso de tanto manejar. Cuando ya nos encontramos de frente con el que a veces llaman el octavo lago, el Nahuel Huapi, se asoman las luces de Bariloche y con ellas la llegada a Arelauquen Bungalows, donde nos quedamos por varíos días justo frente al Lago Gutierrez.

miércoles, 24 de septiembre de 2014

BOGOTA A DIEZ MINUTOS




 La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda, y cómo la recuerda para contarla.
Gabriel García Marquez



Diez minutos para un cambio, porque aun cuando la ciudad pudiera tener un parecido con Caracas, (tiene un mini Ávila que lo protege por el Este y que en realidad es parte de la cordillera Oriental de los Andes),  el clima es distinto; es más frío; la temperatura varía entre 8 y 20 grados, además está a más de 1600 metros sobre el nivel del mar, así que mucha gente sufre alguna manifestación del mal de altura apenas se baja del avión.
 
Conseguir boleto aéreo no es tan sencillo y más en estos tiempos, pero finalmente logré confirmación en Avianca, (también Copa vuela directo), que salió a tiempo para hacer la travesía de una hora y treinta minutos que es en realidad lo que nos separa de la capital neogranadina.
Llegué al Hotel Cité por recomendación de una amiga.  Un hotel muy bien ubicado, tipo boutique, que atiende una clientela más bien de negocios; un poco como todos lo de esa categoría, porque visité el Morrison y el  Charleston, e igualmente me pareció que tenían ambiente de trabajo. Todos estos están ubicados en la Zona Rosa.

El hotel da a un parque que se llama Parque El Virrey hacia donde miran todas habitaciones. Hay cuartos que están más alejados de la calle (Carrera 15) que son los más tranquilos.  Al otro lado del parque hay un café que te da la absoluta sensación de estar sentada en algún café en Madrid.

En Bogotá, las vías que van de Este a Oeste se llaman Calles y las que van de Norte a Sur se llaman Carreras, y luego están los números que las acompañan. Es supuestamente facilísimo para ubicarse y la verdad que parece organizado.

Necesitas un amigo que allá o a un bogotano de nacimiento, que te recomiende los lugares más nuevos o más de moda, y así aprovechar mejor el tiempo, porque Bogotá tiene excelentes restaurantes y es muy agradable para andar a pie y de esa manera te rinde más el tiempo. Sin duda pienso que tener un amigo en  cualquier ciudad del mundo que visites es un privilegio.

En cuanto a la parte turística, es esencial visitar el Centro Histórico. Se llega en taxi y después lo recorres a pie. Me quedé frente al Museo de Botero que literalmente es de él. Exhibe algunas de sus obras y además tiene parte de su colección personal que es sorprendentemente valiosa. Al lado queda el Museo de Arte del Banco de la República y también La Casa de la Moneda. Luego el mismo taxi nos acercó al Museo del Oro. Visita infaltable. Esta muy, muy bien montado. Tiene una buena muestra de piezas extraordinarias, celosamente cuidadas por unas puertas de bóveda que se ven indestructibles. Al salir caminas por calles peatonales hasta llegar a la Plaza de Bolívar con la Catedral de Bogotá a un lado.

Me faltó subir en el teleférico a Monserrate. La vista panorámica desde la terraza del hotel me relevó del  ascenso y la cola.

Al terminar mi recorrido cultural, regresé a la Zona Rosa a almorzar. No me equivoqué al seguir recomendaciones. Di Lucca estuvo delicioso. Un restaurante italiano con una terraza sobre la calle de la que solo lo separan unos vidrios, así que uno está expuesto a ser visto en cualquier momento. Sugiero escoger bien con quien te sientas a comer, ya que obviamente estarás a riesgo de cualquier chisme. En la noche comimos peruano en Rafael. Excelente ambiente y menú!

En Bogotá hay muchos restaurantes y tuve poco tiempo para disfrutarlos, aunque  creo que  cuatro noches le rinde algo de honor a la ciudad de Nariño, así que deberás elegir de la larga lista de los “buenísimos” que hay.

Como para no ceder al cansancio,  en la noche nos aventuramos a la “Zona T”, que son dos calles peatonales que se intersectan formando la letra que le da el nombre.  Hicimos un tour de bares, del cual me llevé una amnesia temporal quizás provocada por una mezcla entre la altura de la ciudad y la degustación de aguardientes,  y que me impidió llevarme los nombres de los lugares visitados, pero no dudaría en decir que descubran la zona por ustedes mismos.

La mañana siguiente estábamos un poco golpeados por los excesos, así que la dedicamos a turistear; llegamos en taxi hasta lo  más alto, el Parque del Museo del Chicó, y de ahí fuimos comenzamos a bajar. Pasamos por el Centro Comercial Andino, la calle de los anticuarios y finalmente en el  Parque de la 93,  rodeado de restaurantes por sus cuatros lados y en el que me cuentan que hacen noches de cine con una pantalla gigante y la gente lleva sus cojines y disfruta de películas para luego cenar algo en los lugares que de alrededor. Descansamos en Gato Negro, y aprovechamos para probar los recomendados jugos de lulo y de mandarina, y eso nos abrió el apetito para luego subir a almorzar al Club Colombia. Un casona muy agradable y llena de gente con dos terrazas a los lados. Quería comerme un ajiaco, la sopa típica bogotana, pero sucumbimos a los chicharrones y las empanaditas. Cuando llegó el plato principal, todos esperábamos el postre. Una noche más en la que la cena se veía lejos. Aún así esa noche subimos a Usaquén, una zona de Bogotá que se me pareció a El Hatillo. Casi nos congelamos en el paseo. La temperatura no pasó los diez grados. Llegamos a nuestro punto de encuentro: Cevichería La Mar, de los dueños del famoso restaurant del mismo nombre en Lima pero que se le va largo por delante. Muy moderno, de techos altísimos, floreros alargados con impecables arreglos de flores blancas como el resto de la decoración. La comida excepcional. Langostas, langostinos gigantes y por supuesto sushi preparado de forma exquisita y con los mejores ingredientes del lejano mar.

También almorzamos en Bandido, me gustó el ambiente local, para nada turístico, para comer relajado en la terraza climatizada con los faroles esos inmensos que generan calor. Buena carta de vinos franceses y comida con esa inclinación. En la noche: Zona T. Dónde? Donde sea, caminamos entre tiendas y bares. Muchísima onda y todo muy vanguardista.

Nuestro último día en Bogotá, cayó domingo, y aunque el chofer desaconsejó salir de la ciudad por el tráfico, decidimos alejarnos una hora hasta Zipaquirá a conocer la Catedral de Sal. Sorprendente, algo que no visto en ninguno de los lugares que he visitado antes. Me encantó la iluminación que había en el oscuro lugar, que llega a estar hasta doscientos metros bajo tierra. Valió la pena el trafico, en especial por la zona del cementerio.

Cuando la gente del pueblo intente convencerlos de almorzar en alguno de los restaurantes del lugar, no se dejen. Tienen que ir a Andrés Carne de Res. Había oído mucho de Andrés antes de conocer Bogotá y decían tanto que dudé si ir. Me sonaba tan turístico, pero nooo estaba equivocada, es buenísimo y de hecho el domingo no es el mejor día y, atención:  abre solo de jueves a domingo, por lo menos el que queda en Chía, el original. La comida es riquísima, todo, absolutamente todo estuvo delicioso, pero nos sugirieron que pidiéramos lomo al trapo y no nos defraudó para nada. Lo sorprendente es que el lugar alberga como dos mil personas. Eso si, hay que ir para divertirse. Cero abstemios.

Finalmente, no puede terminar sin decir que Bogotá me pareció caro. Sorprendentemente costosos los restaurantes, así como las tiendas; la ropa de diseñadores locales tipo Pepa Pombo, Bettina Spitz, Bendita Seas y los centros comerciales Andino y El Retiro, que son una muestra de lo más sofisticado en tiendas locales e internacionales tienen precios altos. Busqué con desespero una tienda de souvenires. Tenía que regresar con algún recuerdo de allá, pero no encontré nada. Tardé averigüe que existe el Market, una enorme tienda de artesanías y cosas tradicionales de Colombia. Tendré entonces que volver para comprar esos detalles que me faltaron.

Ni pensarlo, me vuelven a proponer un viajecito a Bogotá y ni lo dudo…en diez minutos estoy allá.

lunes, 18 de agosto de 2014

NUEVA YORK: verano gastrónomico


Chef Boulud, on cooking with truffles: "If you can afford it, go for it."



Dedicar el clímax del verano a la ciudad de Nueva York es para pensárselo dos veces, pero de vez en cuando la vida te lleva a lugares sin dejarte escoger, y la verdad que es casi inaceptable quejarse. Esta ciudad es la capital del mundo, es inagotable, solo hay que aprender a disfrutarla. Desde el punto de su comida yo lo logré, y es mi cuerpo quien ahora reclama.
Aquí no  menciono ninguno de los restaurantes tradicionales de NY, tipo Le Bernardin o Mac Donalds o BLT, Balthazar, Amaranth, Via Quadronno, Mezzaluna…  Esta es una lista diferente, aventurera. Les prometo que la comida será deliciosa, y todos los lugares con full ambiente.

 
Sin ningún orden:
1- Salinas es tipo high end español, con unos arroces del más allá. El techo, si la noche esta linda,  lo abren (como el Lasserre de Paris)
139 9th Ave


 2- Hanjan es coreano. Hay que probar de todo. La comida es algo picante, pero buenísima, distinta. Es un lugar pequeño como para ir dos o max 4 personas. Me tome un drink  de ginebra con jugo de melón blanco, algo sensacional. 
36 W 26 st. 
 

 3- Pergola es egipcio. No saben la comida. Los cigarros de phyllo una delicia. Después pedimos el shawarma descompuesto, como lo llamé yo, porque te lo traen todo separado en un plato y los panes a un lado. Es obligado compartir, es gigante! El restaurant queda en el Flower District, en el primer galpón de flores que hubo ahí. Conocimos al dueño, Ahmed. Un gigante. Mide lo mismo de alto que de ancho. Hay música.
36 W 28 st.






 











4- The Dutch. En Soho. Si estas shopping en Soho, y se te pasa la hora de almuerzo y no estas muerta de hambre, pero quieres una cosita, para aquí. Hay unas tablitas de queso con pancitos variados y te tomas un vinito y listo, sigues comprando. Hay otras cosas que pedir fuera de hora, pero no todo el menú, que por cierto es súper rico y completo.
131 Sullivan St.




 













5- The Spotted Pig. Les va a encantar, lo único es que no reservan y se llena. Tiene full ambiente. Se come lo que ahora llaman “confort food”.
314 W 11st


6- NoMad. He ido varias veces y me encanta. Me gusta todo el menú, pero sin duda lo que más me gusta del Nomad es el Library, que es el bar. Preparan unos drinks sensacionales, Siempre está lleno de gente linda. Los libros son de verdad y no comprados por metro. Vale la pena ver la forma como están ordenados. Además sirven unos pasapalos, como unas mega aceitunas rellenas de queso de cabra, que siempre me hacen pensar en quedarme toda la noche tomando y comiendo pasapalitos. Lo único malo del Nomad es que es dificil conseguir reservación.
1170 Broadway (en la 28 st)




7- Obicá es un mozarella bar. Traen la mozarella fresca de Italia cada dos días. Es un  restaurant italiano normal, pero cool. No puedes dejar de pedir la mozarella de pre-entrada. Para mi, la burrata. Tienen unos vinos italianos a buenos precios (de esto, no se nada). Hay otro arriba en Madison, pero yo fui al de enfrente del Flatiron. Lo hay en Milan y otras ciudades de Italia y también en Los Angeles.
928 Broadway
 


8- Il Buco. Para seguir con los italianos. Si quieres salir del ambiente newyorkino y realmente transportarte a una trattoria italiana, ve a comer a Il Buco. Tipico lugarcito rústico con mesas de madera. Me mató la panacotta con vinagre balsamico añejado encima. Demasiadoo
47 Bond St (es por  Noho)


9- Minetta Tavern. Aunque no tiene la mejor acústica, el restaurant tiene un ambientazo. Es del dueño de Balthazar y la comida de ese tipo, pero para los que saben comer, no dejen de pedir el Ossobuco de entrada. Parece que es the best; bueno,  el look lo es. Yo pedí el New York Strip que te lo traen cortado en rodajitas con el hueso a un lado; estaba suculento. Lo compartí. Era gigante.
La calle donde queda el Minetta es una nota, tiene full ambiente como para una caminata para bajar la comida.
176 Mc. Dougal St.


10- Lafayette. Me sorprendió este bistro. Música rica. Unas mesas afuera, que para el verano resultan lo máximo y la comida buena. Lo mejor fueron unos lomitos de pato que pidió alguna en la mesa. No duden. No sé porqué esa noche me gustó más que Balthzar que es más o menos el estilo, claro sin incluir  les Fruits de Mer de Balthazar en mi apreciación. Esas son “unparalleled”.
380 Lafayette St.





 









11- Oyster Bar. Hablando de ostras. Si les gustan, this is the place. Visitar la estación es algo que merece el desvío. Las ostras son ricas (para mi, las Blue Point), y es el lugar para ir a comerlas. Las traen en tren a diario. Son garantizadas frescas. Hay que sentarse en el “salón” que queda a la derecha. Lo mejor es que al salir suben la rampita y se encuentran con una librería que se llama Posman. Van a gozar ahí!!!
http://www.nytimes.com/2014/11/05/realestate/commercial/time-is-running-out-for-a-grand-central-bookstore.html?ref=nyregion&_r=0
Grand  Central Station (en la 42 y Park más o menos)



12- Junoon. Restaurantes indios hay muchísimos en NY, pero este es semi elegante y distinto. La comida con esos sabores sublimes, tipicos de allá. Buena atención.
27 W 24 st


13- Momofuku. Fui por el ambiente, pero se llena tanto que es dificil. Además no aceptan reservaciones. Pero está de moda, y es divertido ver  quien anda por ahí y con quien (jaja). Hay que ir al Ssam. También hay uno que es un noodle bar, que no conozco.
207 2nd Ave (por la 13St)


 





14- Bagatelle. Si estas en el Meat Packing District, y ya te has comido las papitas fritas del Standard, ve a Bagatelle. No es barato, pero claro, hay Bagatelle en St. Barth...
Se arman unas fiestas en el bar que divierten solo de verlas. Queda en una esquina todo abierto para que te vean. En fin, vale la pena.
1 Little St en la calle 12


15- Chelsea Market. Si ya andas por el Meat Packing, y caminaste un rato por el High line, no dejaria de visitar este lugar. Es suuuper especial y tiene muchos lugarcitos para comer. Yo desayuné, pero puedes comer lo que quieras en un ambiente informal y nada costoso.
75 9th Ave (en la calle 14)


16- Cipriani Downtown. Si logran la mesa de afuera...wow!!!
Yo pido la pastina esa que es famosa (Baked Tagliolini with ham). No como más nada, pero bueno Cipriani es Cipriani. 

376 W Broadway


Hasta aquí lo dejo!! Bon appétit

 Y cuando no estes comiendo...


Freedom Tower


MoMa (Museum of Modern Art)



Whitney Museum
Jeff Koons en Guggenheim

Metropolitan Museum of Art



Guggenheim Museum

lunes, 12 de mayo de 2014

INDIA

CRÓNICA DE UN VIAJE ESPERADO


...viaje con nosotros, le trataremos como a una vaca (Air India)

Para empezar, escogí diciembre como la época ideal. Había estudiado el clima y sin duda la más fría del año era la ideal; escondía los olores que tanto parecían asustar a los viajeros, solapaba el sucio entre las neblinas, y el azul del cielo templado de fin de año parecía exaltar los colores de los saris, las flores y los estucos de los templos.
DELHI
Llegamos a Delhi  casi de madrugada.  En el aeropuerto nos esperaba el guía y ahora nuestro amigo, Prasanna Gautam. Fue el primer contacto con la calidez del indio. Amable en todo momento, atento ante cualquier petición. Tranquilo y apacible aún cuando tenía que confrontar quejas o complicaciones, y siempre con una sonrisa en el rostro. Nos llevó a nuestro autobús que para ese momento se veía como uno cualquiera, pero que más tarde descubriríamos que sería una suerte de hogar ambulante. 
Ese primer recorrido en penumbra lo único que nos permitió ver fue que Delhi es un ciudad que no duerme. Las calles repletas de gente como hormigas, llevando cosas de un lado a otro, cruzando las calles como si fueran los jardines de sus casa sin mirar a los lados e ignorantes de las máquinas que les pasaban rasantes y que ellos parecían percibir como algo más que alguno de los elefantes o vacas que merodeaban adueñados de las calles y aceras como los verdaderos jefes de esos predios.
Llegamos al hotel Oberoi. Todo un lujo de recepción. Nos dieron la bienvenida entregándonos guirnaldas de aromáticas flores de jazmín y también poniéndonos en la frente la tilaka o bindi que usan las mujeres hinduesAgotados nos fuimos a nuestras habitaciones.
Todo estaba planeado para despertar tarde y así empezar a acomodar el horario a la nueva realidad asiática. Desayunamos un apoteósico manjar indio sin dejar a un lado las delicias tradicionales de un desayuno americano, así que entre panes picantes, yogures y frutas salimos a comenzar a formar parte de los mil millones de personas que hacen de esta vasta tierra su lugar de vida.  
El Tour de la ciudad  es algo que con el tiempo y los viajes he comenzado casi a aborrecer. Los lugares más visitados por tradición se han convertido para mí en los predilectos para ignorar, pero se me hizo difícil en Delhi y en las ciudades que siguieron y la única solución que encontré fue intentar pasar un poco más de tiempo en cada lugar para compartir el deber con el placer. 





Comenzamos visitando la Mezquita Jama Masjid, la más grande de la India, en el viejo Delhi en el barrio de Chandni Chowk, donde nos subimos en los carritos rickshaw que para deleite de todos nos llevaron como en una carrera de obstáculos entre carretillas con mercancía, perros, vacas y gente, siempre mucha gente. Pasamos por infinidad de puestos de comidas rápida estilo hindú de aromas nuevos y extraños, tiendas de especies con sus tobos de variados y resplandecientes polvillos de curry y otras especies, tiendas de telas coloridas cuyos bordados brillaban llenos de fantástica pedrería y entre ellos, puestos de barbería y dentistas con sus clientes y pacientes sentados disfrutando el paso de la gente por esas estrechas calles mientras les era extraída una muela o cortado su pelo. Vimos pasar un cortejo fúnebre con un muerto cubierto por una tela blanca y rodeado de flores amarillas  sostenido por hombres delgados que caminaban descalzos  con un paso rítmico en camino a la pira municipal. Mas tarde nos subimos en nuestro animal moderno donde fuimos saludados por Mohan y su ayudante Sonny quien parecía un recolector de pasaje de un “carrito por puesto” caraqueño, ya que no hacía nada más que acompañar a nuestro sosegado y alegre conductor. Desde ahí arriba vimos el lento pasar del cuerpo sin vida de un hombre que seguramente ahora está viviendo en el cuerpo de una hormiga o con suerte de algún animal un poco más grande.



Seguimos camino al Qutub Minar donde están los restos de un minarete símbolo del poderío mogol de cinco siglos atrás, hasta la instauración de la democracia en la India y cuyo origen han permanecido bajo un velo de misterio. Nuestra guía local nos da una larga explicación del paso de estos invasores en tierra hindú, sus conquistas  y las costumbres que trajeron del norte.
Nuevamente con apetito, decidimos almorzar en una panadería local del lado de Nueva Delhi que es totalmente otra cosa, limpia, con calles anchas; son como dos ciudades distintas. Aprovechamos de probar sándwiches, croissant locales y todo tipo de pasta seca.
Continuamos hacia los predios de la tumba de Humayun, un templo mogol de tenues tonos rojizos y ejemplo importante de la arquitectura imperial de los mogoles. Para terminar la tarde turística fuimos,  al Raj Ghat, el monumento erigido en honor a Gandhi alrededor del sitio de su cremación, en las riberas del Ganges.  Como hicimos este viaje a sólo un mes del bombardeo en Mumbai el turismo foráneo estaba en su nivel más bajo, pero la industria local es tan grande que el lugar estaba lleno. Parejas de jóvenes, niños vestidos a la usanza de Gandhi, grupos de mujeres. De repente un grupito de niñitos inquietos decidió hacer de nosotros su diversión de la tarde y nos persiguieron pidiéndonos dinero. Prasanna nos alertó que no debíamos darle limosna, así que entre fotos y sonrisas nos fuimos alejando en dirección a nuestro autobús, no sin antes sucumbir al lamento infantil y dejarles algunas pocas rupias. Ya en la carretera de regreso al hotel nos dimos cuenta que estábamos rodeados de un enjambre de niños. Nos venían siguiendo desde varios kilómetros atrás. En un semáforo se subieron intentando llegar a las ventanas. Terminamos entregándoles parte de las chucherías que trajimos desde aquí y que teníamos dentro. Los niños nuestros decidieron relacionarse con sus pares asiáticos, ambos grupos se entretuvieron mirándose. Los indios hacían maromas para divertirlos. Actos acrobáticos sorprendentes. Consiguieron un mono y lo subían con un palo hasta que llegaba a estar cara a cara con los niños, sólo separados por el cristal. 



Esta es Delhi, la capital del segundo país más poblado del mundo.
En la noche salimos a cenar a un restaurante de comida hindú de la región  de Cachemira. Veda en el Inner Circle de Connaught Place. Comimos como maharajás. Sabores sublimes. Inolvidables. Regresamos exhaustos, tristes de darnos cuenta que nos faltaba mucho por ver, pero preparados para seguir camino hacia Agra. 

AGRA

En una mañana neblinosa y como aventureros de otros tiempos nos encaminamos a cinco horas de recorrido, doscientos kilómetros al sur. Nuestro destino el Taj Mahal. Salir de la ciudad fue sorprendentemente difícil. Había un trafico endemoniante. Miles de personas literalmente, cruzando las calles. Elefantes con carga pesada en sus lomos. No puedo dejar de sorprenderme con esto.  Me volví fanática de estos exóticos paisajes pseudo urbanos. El camino parecía que nunca iba a terminar, pero nuestra casa con ruedas se convirtió en algo tan divertido, que resultó hasta placentero el transcurrir de las horas allí dentro. Éramos dieciséis personas y había unos cuarenta puestos, así que se convirtió en un deporte infantil el variar constantemente de puesto. Los grandes leíamos, conversábamos, dormíamos o mirábamos por las ventanas hacia fuera. La gente parecía igualmente sorprendida con nosotros y disfrutaba nuestro paso por sus calles sucias y coloridas a la misma vez. Fue difícil soltar la cámara de fotos. Todo merecía ser captado por el lente. Fueron tantas las imágenes que no me cabían en la mente, así que aproveché la memoria externa que ofrece mi cámara para guardar algunas y disfrutarlas a mi regreso.
En ruta nos paramos en el templo Sikandra, donde yace la tumba de otro Emperador mogol, Akbar y está permanentemente custodiada por una legión de monos, que esperan a los visitantes sentados en un muro en la entrada moviendo sus colas y observando con caras desconfiadas a todos los osan entrar. Allí conocimos a Rafael, nuestro guía local por los siguientes dos días. 

Rafael nos distrajo horrores. Era un profesor nato. Nos repetía las historias como mínimo diez veces. Intentaba asegurarse que todos hubiéramos comprendido y que nos hubiéramos situado cronológicamente. Nos resultó muy divertido, además que era la versión india de un familiar cercano y de allí el nombre con el que, al estrecharnos las manos, lo bautizamos. Juro que no he olvidado ninguna de sus palabras. 
Al atardecer llegamos a Agra,  la tierra que vio nacer la magnífica tumba de Mumtaz Mahal.  Las habitaciones de nuestro hotel tienen vista al imponente Taj Mahal.  El hotel es de un lujo difícil de describir,  tiene un ambiente tranquilo y sereno, con atención impecable, sin zalamerías, ni excesos.  Sorprende enormemente el contraste entre la vida fuera de los predios del hotel y la que se desarrolla allí dentro. Me gusta esta forma de conocer la  India, pero entiendo que no siempre es posible.  Vivir  como un miembro del Raj británico y a la vez convivir con el pueblo raso, todo a la misma vez. Ambas indias son verdaderas y ambas hay que conocerlas. Quizás es la clave de éxito. Para reconfirmar mi tesis, me anoté en una terapia ayurvédica donde eligieron por mi, los aceites adecuados para lograr el balance de las energías de mi cuerpo o al menos de eso me convencieron. Al salir sentí una harmonía nueva entre cuerpo y alma y casi hipnotizada por las sensaciones, decidí repetir el tratamiento la noche siguiente.

Nos  levantamos muy temprano,  antes del amanecer. Había algo muy particular en la visita al Taj  Mahal. Para los que hemos viajado y además nos hemos dedicado a la industria turística, resulta quizás un cliché este monumento. Llegué a Agra con esa sensación,  pero no, el lugar te gana, te enamora. Nadie puede imaginarlo, sólo puedes sentirlo parada allí. Es una perfecta amalgama de sensaciones. Todas juntas provocan el efecto por el cual el templo es casi venerado aún siendo la tumba de una reina. 
Atravesamos el umbral del templo que antecede al Taj Mahal y nos quedamos atónitos al constatar que el monumento había desaparecido. La bruma era tan densa que sólo a dos o tres metros de distancia se podía ver el edificio. 
Durante el día visitamos el Fuerte Rojo pero insistimos en llevarnos un recuerdo final de este lugar magnífico y una vez más volvimos al Taj Mahal.
Nuevamente de viaje, ésta vez partimos preparados para uno largo, en dirección a la selva. Vamos a Ranthambore. El parque donde se encuentra la reserva más grande de tigres de la India.

FATEHPUR SIKRI

En ruta nos detenemos en Fatehpur Sikri, antigua ciudad abandonada por falta de agua potable. La historia contada por Rafael es tan vívida que nos fascina. Pasamos varias horas sintiéndonos parte de un harem, algún maharajá y uno que otro esclavo.
Subimos a lo que ya habíamos asumido como nuestro hogar. Llevábamos casi 3 horas de camino y nos esperaban todavía unas seis más. Es difícil describir cómo puede un autobús con comodidades limitadas convertirse en un espacio de felicidad, de risas y a la vez de serenidad y sosiego. Creo que ya nos fuimos contagiando del ser hindú. Dentro el autobús estaba decorado con variados y muy coloridos afiches de dioses hindúes. Prasanna se ocupó de explicarnos brevemente quienes eran y qué representaban. Los tres grandes son infaltables en cualquier casa, Brahma, Vishnu y Shiva, pero también está Ganesha. Nos encantó ese elefante que representaba a la sabiduría. Terminamos comprendiendo que en un país con una población como la de la India, es lógico que haya miles de dioses a quienes adorar. Nuestros recién adquiridos conocimientos de religión asiática nos llevaron a comprender un poco mejor las reencarnaciones y los karmas. El tema se volvió seductor. 
Nuestro padres adoptivos en la India, Prasanna, Mohan y Sonny  nos tenían preparada una sorpresa. Para ellos, un inteligente plan urdido a nuestras espaldas. Habían alquilado una película que se desarrolla la ciudad olvidada que acabamos de visitar y que dura casi cuatro horas. Nos quedamos hechizados con la historia de amor entre Jodha y el Emperador Akbar. Hasta los niños están embelezados con esa pequeña pantalla que nos hizo enamorarnos de nuevo. 
Comenzó a anochecer mientras atravesábamos pueblos de gente que no descansa y los que sí lo hacían, tenían sus camas sobre las aceras. Nuestra gran residencia con ruedas se crecía  al saberse dueña del camino. Todos los otros vehículos se detenían para darnos paso en una carretera de una sola vía pero circulada por vehículos que van y vienen en ambas direcciones. Nuestros maestros nos aclaran humildemente que no somos reyes, ni emperadores de épocas modernas sino que allí impera la ley del más grande. Ellos no se detienen nunca, ignoran los frenos. Jerárquicamente coronamos la pirámide. Por debajo nuestro están los bellísimamente decorados camiones de carga, los autos, las motos, las carretas tiradas por bueyes y por último y literalmente despreciados, están los peatones.





RANTHAMBORE

Llegamos al misterioso y romántico coto de caza de los antiguos maharajá de Jaipur. Tierra de Kipling y del tigre bengala. Salimos a nuestro primer safari con el asomo del primer rayo de sol. No podíamos creer la temperatura que hacía pero los pobladores del cercano pueblo de Sawai Madhopur sí que la conocen, a las puertas de la entrada del parque nacional nos esperaban vendedores ambulantes de guantes y gorros que nosotros compramos con entusiasmo e imperiosa necesidad. Así camuflajeados dentro de gruesos tejidos  de colores tierra y verdes abrimos las páginas del libro de la selva y nos adentramos en él.  Nos fuimos tropezando con templos dedicados a dioses y deidades que habían sido devorados por una vegetación que se adueña de todo. Nos invadieron una mezcla de aromas a tierra húmeda, a maderas secas y a animales escondidos. Pasamos lagos y bosques hasta que de repente el ambiente se tiñó de naranja y negro. Ahí estaban dos tigres, inmensos, imponentes. Levantándose con pereza. Fue inevitable sentir temor. Se acercaban a nosotros lenta y  pausadamente, pero firmes y determinados. Sus ojos amarillos se cruzaban con cada uno de los nuestros. Estábamos entregados. Llegaron a escasos cinco metros de nuestro vehículo. Nadie habló, sólo esperamos nuestro destino. Nos pasaron de largo, se alejaron. Juguetearon entre ellos. Nos entró la euforia. ¡Lo logramos! Somos pocos los que vivimos esta experiencia. Los tigres son escurridizos y también ellos nos tienen miedo. Regresamos triunfantes a disfrutar de nuestro hotel cinco estrellas en medio de la nada.
Para mi era la hora perfecta para la meditación y el yoga. Me había preparado antes de salir de viaje asistiendo a algunas clases de yoga y esta lugar me invitaba. Me reuní con otros dos personas y con el yogui.  La clase comenzó con las sílabas que se repiten incansablemente en toda Asia, OM, el principal de todos los mantras. Esta clase, y la del día siguiente me dejaron descubrir el verdadero yoga. Una práctica que sólo busca llegar a un estado de concentración total  donde la mente se disuelve y se libera de sus propios pensamientos. Poco importan las posiciones que asumimos como una especie de ejercicio light para mantenernos en forma, olvidando el verdadero sentido de ésta práctica milenaria.
Seguimos viajando, teníamos la sensación de haber llegado a este país hacía mucho, pero llevábamos sólo seis días y nos restaban otros seis más. Nuevamente Mohan y Sonny nos distrajeron con el programa del día dentro de nuestra casa que se muda cada dos días de ciudad. Esta vez fue música. Todo un repertorio de canciones folclóricas y rituales hindúes que llenaban el espíritu al escucharlas. Música relajante. 








JAIPUR

Estábamos distraídos cuando apareció Jaipur, esta ciudad teñida de colores rosados. La entrada fue soberbia. Nos dejó boquiabiertos.  Esa misma tarde visitamos el grandioso Palacio de Ámbar o el infierno de los elefantes ya que estas tristes bestias pasan su día subiendo y bajando turistas con pamelas, excesos de protector solar y lentes oscuros. Por momentos se me ocurrió que los karmas existen y que cada uno de ellos fue un ser humano que una vez despreció a estos animales y ahora lleva cientos de reencarnaciones hasta llegar al honorable elefante. Al bajar nos encontramos a una mujer hindú que se ofreció a hacernos dibujos con henna en las manos. Todas las mujeres aceptamos. El resultado de nuestro tatuaje fue perfecto. No quería que desapareciera, pero entendí que sólo sería parte de mi por quince días. 


No seríamos mujeres si no sucumbiéramos al mágico hechizo de las tiendas. Regresamos a casa con saris, telas para manteles, souvenirs y casi al final y aprovechando el descuido de los maridos que se distrajeron comprando tabacos tipo chimó, entramos en la joyería india por excelencia, The Gem Palace. Hay maravillas. Te ciega tanto oro y piedras preciosas y semi preciosas. Los indios son grandes vendedores. Te permiten probarte todo independientemente del precio de la joya. Más tarde una amiga joyera me contaría que no hay siquiera cámaras de seguridad en el lugar. Hoy me pregunto si lo que compré con un arduo trabajo de regateo y a cambio de un importante desembolso de rupias sería sólo el brillo de la más pura fantasía.
Esa noche una vez más, optamos por comer comida hindú. Habíamos aprendido a digerir mejor el picante, y comenzábamos a entender la combinación de éste con el yogur; además nos convertimos en amantes de la lentejas. El pan Nan nos enloqueció y por supuesto no perdonamos a un cordero cada noche. Lo comimos en todas sus preparaciones. Adquirimos cierto misticismo en el ritual de las comidas.



Nuevamente rodando, ya éramos parte de ésta árida tierra. Conocimos parte de sus costumbres. Nos conquistó su extraño humor.  Ese día escogimos la frase “horn please” como lema.
Nos habían explicado que el sonar la corneta era considerado un saludo cordial y hacerlo denotaba amistad y simpatía. Mohan se la pasaba con la mano sobre la corneta de nuestro autobús saludando a sus otros pares. 

UDAIPUR

Así llegamos a Udaipur. Ciudad al sur de Rajasthan que se levanta a orillas de lago Pichola.  Romántica, apacible, cálida. Nos sentamos en nuestro hotel con vista al lago y disfrutamos de un aperitivo a la tenue luz del atardecer. Tanta tranquilidad es difícil de describir. Nos quedamos todos mudos disfrutando del escandaloso silencio y después nos retiramos a nuestras habitaciones y cada uno de nosotros se convirtió en maharajá y maharani por una noche. Piscinas privadas y masajes completaron una noche de hedonismo total.



La mañana siguiente comenzó con discusiones. No todos querían visitar el templo de Ranakpur. Había escogido este lugar por ser un templo jainista, que es una derivación extrema del hinduismo. Es un templo puro, considerando que todo lo visitado había sido construido por los conquistadores: los emperadores mogoles. 
Nuevamente horas interminables de recorrido por una carretera sinuosa llena de precipicios a través de las colinas del Aravalli para llegar al remoto y pacífico valle donde fue construido el soberbio templo.  Ya a lo lejos se percibe como un lugar celestial pero cuando uno entra, dejando los zapatos entre muchos otros a las puertas del templo se da cuenta de que va más allá de los adjetivos. La sensación de bienestar, de armonía, de calma que se te impregna en la piel y se queda allí para siempre como tinta indeleble simboliza el agradecimiento de la diosa Adinath por rendirle homenaje con nuestra presencia. Pasamos horas merodeando por el templo entre las miles de columnas, cada una distinta a la otra, que sostienen sus labrados techos. El lugar llama a la reflexión, al rezo, a la entrega. Además el sol vespertino produce un juego de luces y sombras que atrapé con mi cámara y traje de vuelta a casa junto con la certeza de haberme deleitado con un lugar lleno de misticismo y divinidad. 







La mañana siguiente empezó con el triste momento de las despedidas. Dejamos atrás nuestra  casa y a dos de nuestros fieles protectores. Viajábamos a Delhi en avión.
En Delhi cambiamos de hotel, esta vez nos quedamos en el Imperial. Este hotel es como para Churchill, muy inglés. Nos encantó. Además a pocos minutos estaba el Jan Path, para hacer compras que nos faltaban, para llevarnos de todo a cambio de un pedazo de nuestro corazones que dejamos allí con esta gente.
Después de dos días más en la capital, tomamos el vuelo sobre los Himalayas afganos y una máquina prodigiosa en pocas horas nos puso en la ciudad luz, a la que llegamos con las maletas con exceso de recuerdos y la satisfacción de la tarea cumplida.
Delhi - Delhi Oberoi / Imperial
Agra - Amarvilas 
Ranthambore - Vanyavilas
Jaipur -  Taj Rambagh Palace
Udaipur - Udaivilas